Miguel Aguilar                  

 

            Semanas antes de celebrar la presente exposición, fui invitado a elaborar uno de los  textos de presentación de la misma. El tema me interesó, dado que quien exponía era Miguel Aguilar (para entendernos, Miguel). Medité por ello sobre la tarea sugerida.

 

Lo cierto, es que pensé que tenía suficientes referencias del autor de la exposición aunque, puesto manos a la obra, resultaron ser parciales (ya me encargaría de colmar las lagunas existentes). Con mis escasos conocimientos artísticos, debía elaborar unas líneas de un texto (el que ustedes leen), con un pretexto (la exposición) que, necesariamente, tendría que conllevar una mención al contexto (la “obra” del autor). Conjugar texto, pretexto y contexto no tenía que ser una tarea necesariamente imposible, pensé. Yo, al fin y al cabo, sí conocía el entorno y la trayectoria de la persona y el personaje, aunque fundamentalmente en lo referido a su labor docente, a través de un buen número de comentarios recibidos de profesores y alumnos del Colegio Público “San Fernando” y del Instituto de Enseñanza Secundaria “San Blas”.

 

Ahora Miguel expone. La pregunta inevitable es ¿qué expone? Y también ¿quién es? Pues bien, expone buena parte de lo que ha visto y sentido a lo largo de su vida; expone lo que simplemente quiso y quiere sugerir. Siendo los cuatro primeros elementos de la materia, aire, tierra, agua y fuego, todos ellos se encuentran presentes en la obra de Miguel, aunque en diferente medida. La escasa mirada al aire la expresa desde una perspectiva terrena, de quien es espectador de los cielos, aunque el prefiere descender a la tierra. Ésta es un tema sin duda recurrente. Es una tierra en sentido ambivalente. Es la tierra donde tiene lugar el ocio ciudadano (el suelo de la Explanada tantas veces recreado o varios paisajes urbanos de nuestra provincia –casas y calles-), pero donde también tiene acomodo un festejo que pudiera convertirse incluso en tragedia. Es la tierra convertida en arena no de playa, sino de plaza… de toros. Mira por donde una vocación frustrada de Miguel. Es el agua de nuestro mar tan cercano, tan presente en nuestro carácter. Y es que el carácter mediterráneo, el sentimiento mediterráneo impregna no sólo a la costa, sino que llega tierra adentro (a Almansa y también a la luminosa Córdoba). Y es el fuego, siempre el fuego. Convertido en fiesta purificadora y no en cruel castigo. Pero a los elementos materiales, Miguel quiso unir otro, tanto o más fundamental: la persona, las personas que le han rodeado. Familiares, compañeros y amigos pero, sobre todo, alumnos, “sus alumnos”. Ha dibujado a muchos de ellos. Ha reflejado en sus caricaturas algo más que su fisonomía. Ha intentado, y estoy seguro de que lo ha conseguido, transmitir no solo la cara sino especialmente el carácter de niños y jóvenes que iniciaban una andadura no siempre fácil por la vida.

 

Quien expone es Miguel, un “maestro” que disfruta con el “dibujo”. Nada más, pero tampoco nada menos. Es un maestro que se considera tal; no se identifica con otros términos más modernos, pero también más fríos. Se identifica con esa profesión tan querida antaño y, en buena medida, tan ingratamente no lo bastante reconocida hoy. Con su hacer profesional, Miguel mantiene viva la “paideia” que, de la mano de Isócrates en Grecia, fue más que instrucción. Fue un auténtico arte para educar a la persona en el compromiso con los deberes cívicos. Tomando de prestado las palabras de Adela Cortina, Miguel ha sido un buen “catador de valores” y un transmisor de los mismos (soy personal testigo a través de mis hijos, educados por él). Ignoro si el ámbito taurino perdió a un buen maestro de espadas. Aunque muchos preferimos –no sé si Miguel nos lo perdonará- que su labor se recondujera a ser maestro… de ESCUELA… y DIBUJANTE.

 

Y es que la labor de “dibujante” viene sobreañadida. Miguel nunca ha sido un profesional del arte. Siempre fue autodidacta, desde que a tierna edad empezó a “copiar” alguna imagen presente en la cocina de su casa, en su Almansa de origen. Es un profesional que ejerce dignamente la “paideia” y que, además, “dibuja”, como él siempre dice. Este es, nada más pero tampoco nada menos, Miguel.

 

Luis Fernando Barrios Flores